En el vídeo, se la ve encogida de hombros. Suenan los primeros compases del concierto para piano en re menor de Mozart. Pires, cuya expresión facial abarca varias emociones al mismo tiempo, desde vergüenza, pasando por desesperación, hasta llegar a determinación, se apoya la cabeza con un brazo sobre el piano. Mira hacia arriba al director de orquesta. "Lo voy a intentar", dice.

El director de orquesta es Riccardo Chailly, y la orquesta es la Concertgebouw de Amsterdam. Estamos en Viena, en un "lunch concert" informal.

Al sonar la primera nota, Maria João Pires se ha dado cuenta de que preparó el concierto de Mozart equivocado. La música suena, el público espera. Y ella, sin habérselo preparado.

¿Cómo ha podido ocurrir esto? En su día, se habló de que al ser un "lunch concert" informal, no es habitual ensayar previamente. Se comentó que, más que "lunch concert", parece un ensayo general delante de público (Chailly lleva una toalla alrededor del cuello) y que, por la razón que sea, no hubo contacto previo entre director y solista, ya fuera por teléfono, para comentar la obra. En ese momento se hubieran dado cuenta de que no estaban hablando del mismo Mozart.

Pero ello no ocurrió, y ahora estamos en el Musikverein de Viena, y la orquesta está desarrollando el tema principal. Y aquí está Pires, haciéndose a la idea de que va a tener que tocar un concierto de 35 minutos que no se ha preparado.

En el vídeo, Chailly la mira desde el podio.

Ella: "Tenía apuntado otro concierto en mi agenda..."

Chailly: "Este lo tocaste en la última temporada." Sonríe. "Lo puedes hacer. Estoy seguro de que lo harás bien."

Y mientras tanto, la orquesta ya va por el tema secundario.

El vídeo es un extracto de un documental sobre Riccardo Chailly y la Orquesta del Concergebouw, y la escena está comentada por el mismo Chailly.

Fascinado por la capacidad de reacción de la solista, explica exaltado cómo ella supo cambiar el chip en cuestión de un minuto (el tiempo antes de la primera entrada del piano dura menos de 3 minutos), y tocar todo el concierto sin equivocarse ni una sola nota.

Volvemos al concierto. El preludio va encontrando su fin. La orquesta llega a la coda, y Pires se prepara para la primera entrada del piano.

La orquesta entrega a la pianista su última nota.

Y entonces, sucede el milagro. Los primeros compases, cada sonido lleva al siguiente. Pires toca con una entrega que me roba el aliento.

La luminosidad de su sonido.

La primera vez que vi el vídeo, se me llenaron los ojos de lágrimas.


Esta anécdota de 1997 es una de las más fascinantes, porque a la vez es una de las más aterradoras. Imagínate que llegas un día al concierto y te has preparado la obra que no era.

Hace un par de años, esta historia se volvió a retomar y circuló por internet. Se habló del milagro, de la capacidad de concentración de Pires, de su memoria y de saber acordarse de cada nota sin equivocarse. A pesar de no haberlo preparado. Incluso Chailly lo dice en el vídeo.

Pero lo que nadie comenta es esa luz en el sonido, esa entrega de Pires, en el mismo instante en el que la obra está ocurriendo, esa entrega a la música.

En esos momentos, estamos presenciando lo que yo llamo sonido hecho emoción - la forma más auténtica de expresarse musicalmente.

Para mí, el milagro no consiste en que ella tocara todo el concierto sin equivocarse ni una sola nota. Es evidente que el concierto forma parte de su repertorio. A su nivel, repasar la obra durante uno o dos días hubiera sido más que suficiente.

El auténtico milagro es que Pires, en el momento que decide "lo voy a intentar", sabe que, al no disponer de la certeza de que sus dedos se van a acordar, sabe que su trabajo consiste en estar lo más cerca posible del sonido y de la música.

Esta historia muestra de manera radical hasta qué punto es importante la preparación emocional - el interiorizar una pieza, el hacer de esa música tu música.

La preparación externa - la de los dedos, la de los movimientos solamente - puede llevar a una ejecución que aparentemente es perfecta, sin fallos.

Pero los artistas que realmente nos emocionan, no lo hacen porque su ejecución sea perfecta ni sin fallos. Nos emocionan porque son auténticos, y ello lo consiguen porque su preparación es emocional, interior, porque mueven la emoción desde dentro hacia afuera. Es entonces cuando la emoción se hace sonido y llega al oído del espectador. Y eso es lo que nos emociona. 

Porque la emoción lleva a la precisión, y no al revés.




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